grumpy puppet

El día en que me caí del guindo…

Hoy hace un año que mi entonces jefe se puso en contacto conmigo en mitad de mi baja por maternidad a través de su secretaría y chica para todo para informarme de que no esperaba (ni deseaba) que volviera a mi antiguo (parece que cuatro meses dan para mucho) mi regreso.

Llamadme ingenua, pero la verdad es que no lo vi venir. De hecho, cuando la recepcionista/administrativa/secretaria de la mierdi-empresa en la que trabajaba desde hacía algo menos de dos años me llamó para decirme que il capo quería hablar conmigo sobre mi “carga de trabajo” (sic), pensé que lo que realmente quería era pedirme que me reincorporara antes. Me habían llegado noticias poco alentadoras sobre los últimos movimientos del personal: una compañera embarazada que sufre un desprendimiento de placenta a dos meses de la fecha prevista de parto intentando entregar a tiempo la última oferta, otra que abandona empresa tras una crisis de ansiedad incapaz de gestionar un proyecto millonario con los recursos de un periódico escolar, …vamos, lo normal en los tiempos que corren. Ciertamente, me tocaba bastante los cojones me resultaba algo molesto que hubiese decido unilateralmente interrumpir mis, ya de por sí, escasas 16 semanas de baja, pero, en el fondo, sentía una punzada de orgullo al comprobar que al fin se empezaba a valorar mi aportación a la empresa. Jajaja. Pobre imbécil.

A toro pasado, me doy cuenta que no supe leer las señales. El hermetismo de Moneypenny al preguntarle el motivo de la reunión cuando yo ya había comunicado mis intenciones de acumular lactancia y vacaciones para poder disfrutar algo más de mi hija y seguir dándole el pecho hasta al menos el quinto mes, esa prisa repentina por fijar la reunión para el día siguiente a la llamada, la petición expresa de que NO viniera con el bebé, el hecho de que hubiera otra persona (una chica más joven, sin intenciones de preñarse próximamente y seguramente dispuesta a trabajar por menos dinero) en mi antiguo sitio…nada apuntaba a buenas noticias. No sé, supongo que la maternidad (superado el infierno del primer mes) me había sumido en un estado de felicidad y buen-rollismo tal, que se me olvidó la clase de “persona” con la estaba tratando. Alguien que gritaba, ridiculizaba y faltaba al respeto a sus empleados a diario, alguien capaz de arrinconar a una trabajadora por haberse equivocado con una encuadernación, capaz de amenazar a otra con destruir su reputación laboral por el hecho de querer dejar la empresa…alguien que solo podía trabajar con mujeres (la mayor parte de los hombres se marchaban a la que montaba el primer número), pero que en el fondo las despreciaba, las utilizaba y las despedía en cuanto se quedaban embarazadas. Un (otro) egocéntrico y un misógino, vaya.

Y sin embargo, ahí me planté yo, un martes por la tarde con mi moleskine de las grandes ocasiones, la carta donde solicitaba el permiso de lactancia acumulada y una reducción de una hora diaria de mi jornada laboral (por si algún día los necesitáis, U.G.T. tiene los modelos online aquí y aquí) y mi mejor sonrisa. Pronto se hizo evidente que aquello no tenía nada de conversación casual, que el tipo tenía perfectamente pensado lo que venía a plantearme y que la pregunta de “¿cuáles son tus planes a tu regreso” era una mera cordialidad. Joder, qué idiota. Y así, tras mi breve intervención explicando que en principio me planteaba acogerme a mi DERECHO de pedir una hora de reducción de mi horario, y sin ni siquiera mirarme a la cara me lo soltó: “Las cosas han cambiado mucho en cuatro meses (ya, sí, he visto que me has sustituido por tres becarios), la empresa no ha facturado lo que esperaba y la situación actual no es compatible con un “horario regular” (porque, ojo, lo de la reducción horaria es lo de menos…lo que me plantea es trabajar sin horario o pirarme). Así que si me pides un consejo (mmm…no recuerdo haberte pedido nada, pero no te cortes), no creo que los proyectos de la empresa sean compatibles con tus deseos de crecer laboralmente (o alguna mierda por el estilo)”. Luego vino el típico, “no es por ti, la coyuntura me obliga” para acabar con una amenaza apenas velada “yo sé que tú tienes unos derechos y Dios me libre de no respetarlos…pero yo también tengo mis recursos”. Traducido: “La ley puede obligarme a readmitirte, pero aquí dentro la ley soy yo y ni te imaginas lo hijodeputa que puedo llegar a ser”.

Poco más. Con todas la cartas sobre la mesa, dejé de la sala de reuniones con toda la serenidad que fui capaz de fingir y me despedía de mis compañeros aguantándome las lágrimas ante sus miradas inquisitivas, salí a la calle donde me esperaba mi novio y mi hija (sí, porque de momento no existen párquines para bebés de tres meses). Y ahí sí. Me eché a llorar. Es lo que tiene caerse del guindo: en el primer momento, duele.

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