grumpy puppet

El día en que me caí del guindo…

A veces me da por creer en las señales. ¿Por qué si no iba yo a fijarme, entre montañas de semejantes, en el libro de Lucía Lijtmaer (“Yo también soy una chica lista“) o a recordar, pese a mi acusadísima falta de sueño y mi pérdida de capacidad retentiva post-maternidad, que formaba parte del catálogo de novedades de mi subscripción premium a Nubico? Claramente, era un aviso de lo que estaba por llegar.

Ella lo llama “el día del golpe en la cabeza”. Ese momento en el que una chica inteligente y moderna como yo misma, que cree vivir en una sociedad avanzada y en igualdad con sus congéneres de sexo masculino se da cuenta de que algo no cuadra. De que nos han vendido la moto de la super madre trabajadora que llega a todo sin despeinarse o quejarse y aún le queda tiempo para ir a pilates. De que la liberación de la mujer se quedó a medias. Y de que hay que ponerse las pilas si queremos (y yo lo quiero) algo mejor para nuestras hijas.

Llamadme ingenua, pero la verdad es que yo no lo vi venir. De hecho, cuando la recepcionista/administrativa/secretaria de la mierdi-empresa en la que trabajo desde hace algo menos de dos años me llamó hace un par de semanas para decirme que il capo quería hablar conmigo sobre la “carga de trabajo” (sic) a mi regreso, casi un mes antes de final de mi baja maternal, pensé que lo que realmente quería era pedirme que me reincorporara antes. Me habían llegado noticias sobre los últimos movimientos del personal: una compañera embarazada que sufre un desprendimiento de placenta a dos meses de la fecha prevista de parto intentando entregar a tiempo la última oferta, otra que abandona empresa tras una crisis de ansiedad, incapaz de gestionar un proyecto millonario con los recursos de un periódico escolar, …vamos, lo normal en los tiempos que corren. Ciertamente, me tocaba un poco los huevos, me resultaba algo molesto que hubiese decido unilateralmente interrumpir mis, ya de por sí, escasas 16 semanas de baja, pero, en el fondo, sentía una punzada de orgullo al comprobar que al fin se empezaba a valorar mi aportación a la empresa. Jajaja. Pobre imbécil.

A toro pasado, me doy cuenta que no supe leer las señales. El hermetismo de Moneypenny al preguntarle el motivo de la reunión yo ya había comunicado mis intenciones de acumular lactancia y vacaciones para poder disfrutar algo más de mi hija y seguir dándole el pecho hasta al menos el quinto mes), esa prisa repentina por fijar la reunión para el día siguiente, la petición expresa de que NO viniera con el bebé, el hecho de que hubiera otro persona (una chica más joven, sin intenciones de preñarse próximamente y seguramente dispuesta a trabajar por menos) en mi antiguo sitio…nada apuntaba a buenas noticias. No sé, supongo que la maternidad (superado el infierno del primer mes) me ha sumido en un estado de felicidad y buen-rollismo tal, que se me olvidó la clase de “persona” con la estaba tratando. Alguien que grita, ridiculiza y falta al respeto a sus empleados en cada una de las absurdas reuniones que monta para escuchar su propia voz, alguien capaz de arrinconar a una trabajadora por haberse equivocado en una encuadernación, capaz de amenazar a otra con destruir su reputación laboral por el hecho de querer dejar la empresa…alguien que solo puede trabajar con mujeres, la mayor parte de los hombres se marchan a la que monta el primer número, pero que en el fondo las desprecia, las utiliza y las despide en cuanto se quedan embarazadas. Otro cabronazo, egocéntrico y misógino, vaya.

Y sin embargo, ahí me planté yo, un martes por la tarde con mi moleskine de las grandes ocasiones, mi carta redactada donde solicitaba el permiso de lactancia acumulada y una reducción de una hora diaria de mi jornada laboral (por si algún día los necesitáis, U.G.T. tiene los modelos online aquí y aquí, y mi mejor sonrisa. Pronto se hizo evidente que aquello no tenía nada de conversación casual, que el tipo tenía perfectamente pensado lo que venía a plantearme y que la pregunta de “¿cuáles son tus planes a tu regreso” era una mera cordialidad. Joder, qué idiota. Y así, tras mi breve intervención explicando que en principio me planteaba acogerme a mi DERECHO de pedir una hora de reducción de mi horario, y sin ni siquiera mirarme a la cara me lo soltó: “Las cosas han cambiado mucho en cuatro meses (ya, sí, he visto que me has sustituido por tres becarios), la empresa no ha facturado lo que esperaba y la situación actual no es compatible con un horario regular (porque, ojo, lo de la reducción horaria es lo de menos…lo que me plantea es trabajar sin horario o pirarme). Así que si me pides un consejo (mmm…no recuerdo haberte pedido nada, pero no te cortes), no creo que los proyectos de la empresa sean compatibles con tus deseos de crecer laboralmente (o alguna mierda por el estilo)”. Luego vino el típico, “no es por ti, la coyuntura me obliga” para acabar con una amenaza apenas velada “yo sé que tú tienes unos derechos y Dios me libre de no respetarlos…pero yo también tengo mis recursos”. Traducido: “La ley puede obligarme a readmitirte, pero aquí dentro la ley soy yo y ni te imaginas lo hijodeputa que puedo llegar a ser”. A propósito de hijosdeputa

Después de salir de la sala de reuniones con toda la serenidad que fui capaz de fingir y despedirme de mis compañeros aguantándome las lágrimas ante sus miradas inquisitivas, salí a la calle donde me esperaba mi novio y mi hija (sí, porque de momento no existen párquines para bebés de tres meses). Y ahí sí. Me eché a llorar. Es lo que tiene caerse del guindo: en el primer momento, duele.

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