Fight like a girl

¿Qué haces cuando de repente te das cuenta de que te están chuleando?

Lo primero que hice yo es contactar a un sindicato. En mi caso fue U.G.T., más por proximidad física que ideológica. Yo nunca había pisado un sindicato. No es que me considere una persona especialmente poco comprometida (tampoco lo contrario: salí a manifestarme contra el la guerra de Iraq, estuve en un par de asambleas de los indignados exiliados, protesté contra la ley mordaza…lo típico). Pero la verdad es que hasta ahora nunca me había tenido que plantear cuál es la función de los sindicatos. Y mira, si de algo estoy contenta con toda esta mierda es de haber topado, que no digo que todos sean así, con un par de “compañeras” más majas que las pesetas, que me apoyaron desde el minuto cero, aguantaron mis lágrimas (sí, chica…es que estoy a flor de piel) y me asesoraron de forma gratuita. Y sí, me animaron a afiliarme.

Lo segundo, fue contactar con un abogado. En este caso al Col·lectiu Ronda, quienes me cobraron 60 euracos por decirme lo mismo que me habían dicho en el sindicato: presenta tu solicitud y espera su respuesta. La ley te avala. Si aún así te quiere despedir, tendrá que justificar que no hay una correlación con tu maternidad. Si no, el despido es nulo y debe readmitirte.

El tipejo que me emplea me había aplazado a “pensar mis opciones y seguir hablando” a principios de semana, por teléfono o en persona. Pero el plazo estipulado para entregar la petición de lactancia acumulada y reducción es de 15 días antes de la finalización de la baja, así que si quería dejar este tema atado, debía presentar mis solicitud por escrito cuanto antes. Y eso hice. Haciendo de tripas corazón y dejando, de nuevo, a mi nena y a su padre esperando en el rellano (según él, “por si había que entrar a calzarle una hostia”), me acerqué a la empresa y entregué la carta en mano. Mi idea era dársela a él y explicarle, de buen rollo, que no podía aceptar marcharme así y que, si ni me quería, empezaría a buscar trabajo. Pero, por suerte, él no estaba, así que solo tuve que pedirle (más bien exigirle) a una reluctant Moneypenny que me pusiera el sello de entrada.

Si me avancé y decidí no esperar a su propuesta, fue en parte porque, tras la maravillosa reforma laboral de 2012, en caso de aceptar el despido, mi indemnización sería, hablando en plata, una mierda, y en parte porque varias ex compañeras, aquellas a la que el tipo en cuestión había despedido u obligado a marcharse antes que yo, me aconsejaron poner todo, absolutamente todo, por escrito, y evitar en la medida de lo posible cualquier conversación en la que pudiera manipularme. Aún así, y en contra de la opinión de muchos, decidí ir de buenas y llamarle el lunes, tal como habíamos quedado para explicarle mis motivaciones. Resultó que el lunes ni siquiera estaba en la oficina sino de viaje de negocios, algo que obviamente él sabía de antemano, lo que me obligó a intentarlo de nuevo al día siguiente.

No es este el sitio para reproducir la “conversación” que mantuvimos, pero en pocas palabras me acusó de ser una egoísta y no tener en cuenta la situación por la que pasaba la empresa (no como él, claro, que había decidido echar a la calle a quien una semana antes era “una excelente profesional” por pedir una reducción de jornada) y de pensar que estaba en el “Club Med” (sic) por pedir que se respetasen mis derechos y me “avisó” de que aquél era un muy mal punto de partida para volver.

Hoy me ha llegado su respuesta por escrito. Acepta todo, no le queda otra: lactancia acumulada, vacaciones y reducción de jornada, aunque en un horario distinto del solicitado. Sé que la cosa no acaba aquí, pero al menos puedo respirar tranquila y tengo unos meses por delante para disfrutar de mi hija y comenzar a buscar trabajo.

grumpy puppet

El día en que me caí del guindo…

A veces me da por creer en las señales. ¿Por qué si no iba yo a fijarme, entre montañas de semejantes, en el libro de Lucía Lijtmaer (“Yo también soy una chica lista“) o a recordar, pese a mi acusadísima falta de sueño y mi pérdida de capacidad retentiva post-maternidad, que formaba parte del catálogo de novedades de mi subscripción premium a Nubico? Claramente, era un aviso de lo que estaba por llegar.

Ella lo llama “el día del golpe en la cabeza”. Ese momento en el que una chica inteligente y moderna como yo misma, que cree vivir en una sociedad avanzada y en igualdad con sus congéneres de sexo masculino se da cuenta de que algo no cuadra. De que nos han vendido la moto de la super madre trabajadora que llega a todo sin despeinarse o quejarse y aún le queda tiempo para ir a pilates. De que la liberación de la mujer se quedó a medias. Y de que hay que ponerse las pilas si queremos (y yo lo quiero) algo mejor para nuestras hijas.

Llamadme ingenua, pero la verdad es que yo no lo vi venir. De hecho, cuando la recepcionista/administrativa/secretaria de la mierdi-empresa en la que trabajo desde hace algo menos de dos años me llamó hace un par de semanas para decirme que il capo quería hablar conmigo sobre la “carga de trabajo” (sic) a mi regreso, casi un mes antes de final de mi baja maternal, pensé que lo que realmente quería era pedirme que me reincorporara antes. Me habían llegado noticias sobre los últimos movimientos del personal: una compañera embarazada que sufre un desprendimiento de placenta a dos meses de la fecha prevista de parto intentando entregar a tiempo la última oferta, otra que abandona empresa tras una crisis de ansiedad, incapaz de gestionar un proyecto millonario con los recursos de un periódico escolar, …vamos, lo normal en los tiempos que corren. Ciertamente, me tocaba un poco los huevos, me resultaba algo molesto que hubiese decido unilateralmente interrumpir mis, ya de por sí, escasas 16 semanas de baja, pero, en el fondo, sentía una punzada de orgullo al comprobar que al fin se empezaba a valorar mi aportación a la empresa. Jajaja. Pobre imbécil.

A toro pasado, me doy cuenta que no supe leer las señales. El hermetismo de Moneypenny al preguntarle el motivo de la reunión yo ya había comunicado mis intenciones de acumular lactancia y vacaciones para poder disfrutar algo más de mi hija y seguir dándole el pecho hasta al menos el quinto mes), esa prisa repentina por fijar la reunión para el día siguiente, la petición expresa de que NO viniera con el bebé, el hecho de que hubiera otro persona (una chica más joven, sin intenciones de preñarse próximamente y seguramente dispuesta a trabajar por menos) en mi antiguo sitio…nada apuntaba a buenas noticias. No sé, supongo que la maternidad (superado el infierno del primer mes) me ha sumido en un estado de felicidad y buen-rollismo tal, que se me olvidó la clase de “persona” con la estaba tratando. Alguien que grita, ridiculiza y falta al respeto a sus empleados en cada una de las absurdas reuniones que monta para escuchar su propia voz, alguien capaz de arrinconar a una trabajadora por haberse equivocado en una encuadernación, capaz de amenazar a otra con destruir su reputación laboral por el hecho de querer dejar la empresa…alguien que solo puede trabajar con mujeres, la mayor parte de los hombres se marchan a la que monta el primer número, pero que en el fondo las desprecia, las utiliza y las despide en cuanto se quedan embarazadas. Otro cabronazo, egocéntrico y misógino, vaya.

Y sin embargo, ahí me planté yo, un martes por la tarde con mi moleskine de las grandes ocasiones, mi carta redactada donde solicitaba el permiso de lactancia acumulada y una reducción de una hora diaria de mi jornada laboral (por si algún día los necesitáis, U.G.T. tiene los modelos online aquí y aquí, y mi mejor sonrisa. Pronto se hizo evidente que aquello no tenía nada de conversación casual, que el tipo tenía perfectamente pensado lo que venía a plantearme y que la pregunta de “¿cuáles son tus planes a tu regreso” era una mera cordialidad. Joder, qué idiota. Y así, tras mi breve intervención explicando que en principio me planteaba acogerme a mi DERECHO de pedir una hora de reducción de mi horario, y sin ni siquiera mirarme a la cara me lo soltó: “Las cosas han cambiado mucho en cuatro meses (ya, sí, he visto que me has sustituido por tres becarios), la empresa no ha facturado lo que esperaba y la situación actual no es compatible con un horario regular (porque, ojo, lo de la reducción horaria es lo de menos…lo que me plantea es trabajar sin horario o pirarme). Así que si me pides un consejo (mmm…no recuerdo haberte pedido nada, pero no te cortes), no creo que los proyectos de la empresa sean compatibles con tus deseos de crecer laboralmente (o alguna mierda por el estilo)”. Luego vino el típico, “no es por ti, la coyuntura me obliga” para acabar con una amenaza apenas velada “yo sé que tú tienes unos derechos y Dios me libre de no respetarlos…pero yo también tengo mis recursos”. Traducido: “La ley puede obligarme a readmitirte, pero aquí dentro la ley soy yo y ni te imaginas lo hijodeputa que puedo llegar a ser”. A propósito de hijosdeputa

Después de salir de la sala de reuniones con toda la serenidad que fui capaz de fingir y despedirme de mis compañeros aguantándome las lágrimas ante sus miradas inquisitivas, salí a la calle donde me esperaba mi novio y mi hija (sí, porque de momento no existen párquines para bebés de tres meses). Y ahí sí. Me eché a llorar. Es lo que tiene caerse del guindo: en el primer momento, duele.